10. Mimí Sarbach
El 27 de
octubre de 1928, a los 22 años, Mimí contrae matrimonio con Eduardo Eguren, de
33 años.
El
matrimonio se instala en Rufino, donde Eduardo está a cargo de la sucursal
Ford.
En 1929, el
7 de Agosto nace su primogénita Maura, en 1933, el 14 de Julio, es el
nacimiento de Eduardo, luego en 1933 nace Eloy un 14 de Junio y posteriormente
el 19 de Mayo de 1940 nace el menor de los hijos, Ezequiel.
Así la
recuerda su familia:
“ María Noemí, para todos Mimí, era una persona
de carácter fuerte, que escondía un corazón benévolo y dispuesto a mantener una
sana amistad con su familia y sus muchos amigos.
Viuda
desde joven, supo llevar adelante su casa y sus hijos encontraron en ella el
apoyo que necesitaban. Para ella estaban primero los suyos y después lo demás.
Me consta porque sin tener una afinidad declarada con Mimí, mi suegra, supe
valorar su espíritu emprendedor y sincero.
Su
debilidad eran las plantas, su jardín, al que le dedicaba muchas horas del día.
Y cómo me voy a olvidar de su pan dulce, el más rico que he comido, o su torta
de hojaldre, entre las muchas cosas ricas que hacía.
Viví muy
cerca de ella, patio por medio, y en sus últimos años la acompañé junto con mi
marido, que fue siempre en quien ella se apoyó, haciéndole más llevaderos los
días finales.
Dejó una imagen de nunca doblegarse ante la
adversidad y de querer a los suyos como lo más preciado que tuvo en su larga
vida. Nos dejó a los ochenta y nueve años y su imagen vive entre nosotros.”
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| hortensias y alegrías del hogar |
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| dalias y espuelas de caballero |
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| margaritas |
Le
gustaban todas las plantas, aunque no le atraían mucho las de flores amarillas,
si bien tenía algunas, porque decía que “eran difíciles de combinar con los
otros colores”. Lo que no le gustaba para nada era que le cortaran flores,
aunque siempre tenía uno o dos ramos de flores frescas en los lugares de la
casa donde permanecía habitualmente y, en invierno, ramos de flores secas que
también cultivaba y secaba. El riego diario en primavera y verano en las horas
del atardecer, e incluso del amanecer, era un placentero ritual ineludible.
En esa
época se decía que el mejor momento para trasplantes era cuando llovía y la
recuerdo como si la estuviera viendo hoy, debajo de la lluvia, si era la época
adecuada del año para esas tareas, trabajando en el jardín, pese a las
sugerencias y recomendaciones de la familia para que se mantuviera en el
interior de la casa.
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| zinnias |
Mi hermana
y yo tuvimos con Kika nuestras primeras plantas; cada una tenía sus macetas y
se ocupaba de ellas, siempre bajo la guía de Kika; en la actualidad mi hermana
dedica todos sus momentos libres a su jardín.
Cuando
oscurecía se dedicaba a labores manuales que Había aprendido en su infancia:
tejido, carpetas y cuellos en frivolité, mantas en telar. El telar tenía su
propio cuarto y mi padre, mis hermanas y yo le ayudábamos a enhebrar porque se
requerían dos personas para ponerlo en funcionamiento. Además, con Kika y mi
otra abuela aprendí a tejer con dos agujas y crochet y ellas se encargaban de
disimular mi desprolijidad.
La casa de Kika y la de mis padres se comunicaban
por los patios, de modo que mis hermanos y yo estábamos yendo y viniendo
continuamente de una a la otra y todas las tardes nos ofrecía torta y bizcochos
con dulces, todo cocinado por ella. Es más, casi que era una ofensa que no
aceptáramos.
Si era cerca del mediodía o después del
atardecer, podíamos comer panes, particularmente unos rellenos con salchicha,
pizza o empanadas de hojaldre. Pese a que no era descendiente de italianos, le
gustaban mucho los tallarines caseros, que con mi hermana pasábamos por una
máquina, que tenía desde que se había casado, que estiraba la masa y la
cortaba.
Pero su sabor preferido era el dulce y en su
despensa siempre había duraznos, higos y zapallo en almíbar, arroz con leche,
mermeladas de frutas, torrejas con miel, latas con bizcochos, jarabes, compotas
y jugos de frutas, licores caseros, tortas, aunque nunca vi dulce de leche.
Además, en
mi infancia íbamos con mis hermanos y primos a almorzar todos los sábados; el
menú habitualmente era pancitos con salchicha, tallarines con estofado de
pollo, frutas en compota o en almíbar, torta, jarabes de frutas y caramelos de
leche (lo único comprado).
No le
atraía la televisión, le gustaba el cine. Durante muchísimos años fue a ver
“cintas”, como decía Kika, por las noches varios días por semana y, cuando ya
era muy mayor, los domingos por la tarde. Al día siguiente, yo iba a su casa
para que me contara las películas —en esa época daban dos— porque a mí también
me gustaba el cine y la mayoría eran “prohibidas para menores”. Cuando pasaban
películas “aptas para todo público” y mi hermana y yo éramos muy pequeñas para
ir con amigas, Kika nos llevaba.
Dejo aquí
este recorte de una parte tan importante de mi infancia, adolescencia y
primeros años de adultez, aunque tendría que extenderme por la afición de Kika
por las caminatas, la lectura (compartida conmigo), su casa, los viajes, los
paisajes, los negocios, la familia, su temple de carácter, su fortaleza, su
paciencia, su radio y televisor a todo volumen pese a que no era sorda, los
cuentos que nos contaba cuando íbamos a dormir a su casa…, pero ¿cómo dar
cuenta de lo que fue una persona contando con recursos tan limitados como el
lenguaje?”
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| Jazmín del cielo |



















